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1. ¡ESPERANZA! LA NUEVA GENERACIÓN DE BRONCE

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[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por José-V. Sayago Gallardo

1. ¡ESPERANZA! LA NUEVA GENERACIÓN DE BRONCE
1. ¡ESPERANZA! LA NUEVA GENERACIÓN DE BRONCE
Información
Volumen 1
Capítulo 1
Saga CATACLISMO 2012
Anterior Saint Seiya - Saga: CATACLISMO 2012
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Titulo CAPÍTULO 1: ¡ESPERANZA! LA NUEVA GENERACIÓN DE BRONCE

Santuario de Atenea. Casa de LibraEditar

—Levántate Senshi. Yo sé que puedes hacerlo mejor esta vez —exhortó Shiryû con una voz paciente y

comprensiva a su aprendiz.

A sus pies y esforzándose por levantarse, estaba el nuevo Caballero de Bronce de Dragón. El joven se encontraba bastante maltrecho por lo exigente del entrenamiento.

Al verlo en tal condición, el Dorado de Libra suavizó su actitud y le extendió su mano para ayudarlo a reincorporarse, sin embargo, el Santo la rechazó y con gran determinación se puso de pies por sus propios medios.

—Lo siento maestro. No fallaré esta vez —aseguró el muchacho de cabellera negra hasta los hombros, poniéndose en guardia y encendiendo su cosmos a su máximo posible.

Viendo tal demostración de convicción, el mentor le regaló una sonrisa de satisfacción al alumno.

—¡Perfecto! Ahora recuerda que para liberar el poder máximo de tu constelación, no debes bajar la guardia de tu puño izquierdo… Protege tu corazón.

Escuchando estos consejos, Senshi puso todo su empeño y concentración en liberar la técnica que tanto esfuerzo le costó aprender:

—¡‘Dragón Naciente del Monte Rozán’! —exclamó, liberando una cantidad enorme de energía con el ken.

No obstante, en milésimas de segundo Shiryû esquivó el furioso embate y, observando la defensa baja de su sucesor de bronce, se acercó a él y posó la mano sobre su pecho sin que siquiera lo notara.

—Debes concentrarte más, Senshi. El enemigo no solo te tocará el corazón. No dejes puntos débiles en tu técnica.

El aludido permaneció inmóvil al estar tan cerca de la imponente presencia del legendario Shiryû. Siempre le impactó la presencia majestuosa que le otorgaba portar la armadura dorada de Libra.

—Lo haré mejor la próxima vez, maestro —susurró el joven de Bronce, retirando la mirada. En sus ojos azulados era evidente la decepción.

—Vamos, quita esa cara. Con más entrenamiento serás el mejor —lo animó amable el sabio instructor, mirándolo con ternura—. Y no seas tan formal conmigo. Puedes decirme ‘papá’ si quieres.

El rostro del Caballero de Bronce se iluminó con una radiante sonrisa al escuchar estas palabras. No pudo contener el impulso de dar un fuerte abrazo a su padre y mentor.
Senshi de Drag n.jpg

Senshi, Santo de Dragón en 2012

—¡Algún día seré tan fuerte como mi papá y el abuelo Dohko! —expresó el joven con exorbitante júbilo—. ¡No descansaré hasta convertirme en una leyenda como tú!

—¡Tienes buena actitud, Senshi! Sin duda eres todo un Santo de Atenea —lo felicitó Libra, acariciando suavemente su cabellera negra—. Cuando tu madre te vea con esa armadura se va a emocionar mucho.

El sonido de varios pasos metálicos sobre el mármol interrumpió la conversación entre padre e hijo. Un Caballero Dorado hizo presencia en el Séptimo Templo.

—¡Shun! Qué agradable sorpresa.

Virgo no respondió a la espontánea bienvenida de su amigo y compañero de generación. Su semblante era diferente al habitual, ya que en ese momento mostraba preocupación y premura. Ni siquiera se tomó el tiempo para saludar al sucesor y al antecesor del Dragón.

—Perdón por interrumpirlos, pero Atenea ha convocado a una Reunión Dorada.

El rostro de Shiryû se ensombreció de repente. Él sabía que si Saori reunía a todos los Caballeros Dorados en los aposentos del Patriarca, no sería para darles buenas noticias.

—Senshi, por favor regresa a entrenar con tus compañeros —le ordenó con seriedad a su hijo—.  Te veré en la noche.

Sin decir nada más, Libra apresuró el paso junto a Shun dispuesto a reunirse con su diosa.

Ante la mirada perpleja del Dragón, los Caballeros de Aries, Tauro, Géminis, Cáncer y Leo atravesaron presurosos el templo. Era la primera vez que Senshi veía a tantos Santos Dorados juntos.

Santuario de Atenea. Campos de EntrenamientoEditar

Anna de Andr meda.jpg

Anna, Amazona de Andrómeda en 2012

En actitud relajada, una bella joven de larga cabellera castaña se encontraba recostada sobre una de las pocas porciones de pasto del terreno. En medio de su aburrimiento posó su mirada verde en el lento pasar de las nubes. Un sonoro bostezo escapó de su boca, ya que lo tranquilo del ambiente le había causado un poco de somnolencia.

—Qué aburrido es todo esto… —masculló la chica, jugueteando con la máscara metálica que se suponía debía estar cubriendo sus facciones—. ¿Por qué el maestro dejó mi entrenamiento y se fue así tan de repente?

—¡Anna! ¡Esta es la décima vez en esta semana que dejas que vean tu rostro! —le reprendió un joven rubio de vivaces ojos castaños—. ¡Tu maestro Shun te va a regañar si no te ve con ella!

Quien le hablaba era su amigo y compañero, el Santo de Bronce de Pegaso.

La aludida simplemente se tomó tales palabras a modo de broma, como casi siempre solía hacerlo.

—Eres un pesado, Kenji. No creas que me voy a enamorar de ti solo porque me has visto tantas veces sin máscara —profirió Anna de Andrómeda, sonriéndole de forma coqueta al sorprendido muchacho, cuyo rostro se ruborizó de inmediato.

—No digas tonterías, Anna —respondió el joven con un improvisado aire severo que intentaba disfrazar su vergüenza—. Conoces bien las reglas del Santuario y ya te has metido en bastantes problemas por desobedecerlas

—Está bien, no te pongas así, Kenji —le instó la joven, reaccionando a la actitud de su interlocutor—. Ustedes los japoneses sí que se lo toman todo muy en serio.

Andrómeda dejó la comodidad de su lecho de césped para colocarse nuevamente su máscara.

—¿Contento?

—No vine aquí para reclamarte por tu máscara. Solo quería preguntarte si has visto por aquí a mi maestra Marin. Se fue hace varios días y me dijo que regresaría hoy.

—No eres el primero que me pregunta por su maestro. Parece ser que nos dejaron solos a todos nosotros. Imagínate, incluso esa chica nórdica que casi nunca habla, vino a preguntarme por su maestro.

—¡Qué mala compañera eres! —resaltó indignado el nuevo Pegaso—. ¿Acaso no sabías que su nombre

Kenji de Pegaso.jpg

Kenji, Santo de Pegaso en 2012

es Natassia de Cisne?

Anna se avergonzó al desconocer la identidad de su colega de Bronce. Así que dándole las espaldas al rubio, decidió que sería mejor cambiar el tema:

—Pues tampoco he visto a Senshi. En la mañana vistió su armadura de Dragón y se fue a entrenar con su padre en la Casa de Libra. Ni siquiera se despidió de nosotros… Ese idiota…

—No me trates tan mal, Anna —intervino el aludido en un tono divertido y a la vez incómodo.

Senshi había llegado en silencio a la escena para colocarse junto a su amigo Kenji desde que la joven de Andrómeda se giró. Por suerte para ella, la careta metálica cubrió su rostro sonrojado por la vergüenza.

—Ahora todos los Caballeros de Oro deben estar presentes en la Reunión Dorada convocada por Atenea —añadió pensativo el joven de melena negra—. Mi padre y sus compañeros se veían bastante preocupados.

Las palabras del Dragón consiguieron alterar sobremanera a Pegaso Kenji, quien con gran expectativa tomó a su amigo por las hombreras hasta casi sacudirlo de manera grosera.

—¡¿Qué has dicho?! ¡¿Una Reunión Dorada?!

—Pues sí, amigo —musitó Senshi un tanto intimidado por la intempestiva  reacción de su compañero de generación—, pero no te preocupes, estoy seguro de que nos darán los pormenores de la convocatoria en la noche.

Su amigo casi no prestó atención a esas últimas palabras. Su atención estaba concentrada en los miles de pensamientos que cruzaban por su mente.

—«¡Creo que esta es la oportunidad que tanto he estado esperando! —reflexionó con emoción el de armadura blanca—. ¡No la decepcionaré, señorita Saori!»

Desde que tuvo memoria, el joven Kenji de Pegaso siempre fue leal a Atenea, pero más allá de su fervor hacia la diosa, estaba su devoción hacia la mujer llamada Saori.  Kenji tenía un solo objetivo en la vida: Superar a su antecesor, el legendario Seiya de Sagitario. Las crónicas del Santuario narraban de manera épica, las mortales batallas en las que su héroe había salido victorioso para proteger a Saori. Por tal razón, su sucesor de bronce no podía quedarse atrás. Tener la protección de la constelación de Pegaso significaba una gran responsabilidad. Debía hacer lo posible por estar más cerca de Saori y ser su protector predilecto, tal y como Seiya lo era en ese momento.

Ya que la paz reinaba en la Tierra, ninguno de los nuevos Santos había mostrado todavía sus habilidades en una batalla real. Y qué oportunidad más perfecta para que el impulsivo joven se luzca. Si un nuevo peligro se cernía sobre la Tierra, Kenji sería quien salve el día y así se ganaría la simpatía de Saori.

—¡Nos vamos, señores! —exclamó repentinamente el sucesor de Pegaso.

—¿Adónde, Kenji? —inquirieron el Dragón y Andrómeda al unísono.

—¡Vamos a asistir a la Reunión Dorada!

Santuario de Atenea. BarracasEditar

Evan de Fenix.jpg

Evan, Santo de Fénix en 2012

—¡Maldita sea!

El grito de ira de aquel Santo de Bronce retumbó en todo el lugar. La furia que sentía era indescriptible, y no tanto porque se encontraba postrado en una cama al estar inmovilizado por numerosas heridas. El orgullo de ese joven de lacio cabello plateado y mirada escarlata había sido lastimado por la derrota, y eso para él eso era más doloroso que cualquier malestar físico.

—Natassia de Cisne… La próxima vez que nos enfrentemos, te voy a despedazar la armadura y esa horrible máscara que portas —murmuró entre dientes el contrariado Caballero de Fénix—. No seré considerado porque eres mujer y te aplastaré como a un insecto.

Mientras se seguía sumiendo en el resentimiento y maldiciendo a su rival y compañera, una suave voz femenina lo llamó por su nombre.

—Evan… —farfulló una jovencita enmascarada de frágil figura, la cual estaba ataviada en ropas de entrenamiento.

Ella traía vendas y ungüentos en las manos. Estaba dispuesta a tratar las heridas del maltrecho joven, así que se le acercó tímidamente.

—¿Qué demonios haces aquí? —le increpó con rabia el muchacho herido—. ¡Ya lo sé! Seguramente vienes a sacarme en cara mi derrota, ¿cierto, Natassia? ¡Pues no te lo voy a poner fácil, pequeña!

Sin decir una palabra, la chica de hermosa cabellera celeste ondulada tomó suavemente la mano de Evan

Natassia de Cisne.jpg

Natassia, Amazona de Cisne en 2012

y empezó la tarea de curar los cortes que ella misma le había infligido con sus técnicas de hielo.

Por un corto instante el joven Santo se quedó pasmado, sintiendo el delicado roce de las manos de Natassia. Incluso parecía ser que su ira había desaparecido completamente.

—«Increíble… Y pensar que esas manos son tan fuertes y hábiles golpeando y ejecutando técnicas» reflexionó él sin quitarle la mirada a su compañera.

El Fénix reaccionó sacudiendo la cabeza para volver en sí de su éxtasis y violentamente alejó su brazo de las manos de la muchacha.

—Ya basta de idioteces. Estoy bien. No necesito que mi rival atienda mis heridas.

Natassia se alejó un poco de su compañero, permaneciendo cabizbaja enfrente suyo sin decir una palabra. Evan simplemente giró el rostro hacia el lado contrario dispuesto a no verla, ya que aún seguía enojado por la derrota.

El silencio se volvió eterno.

—Si quieres permanecer aquí, por lo menos di algo interesante —le exigió sin siquiera voltearse a mirarla—. Me incomoda que alguien que está a solas conmigo no diga una palabra

—Esto… Yo no soy una pequeña… —le respondió ella con recelo, casi susurrando—. Solo soy un año menor que tú.

Obviamente la Amazona esperaba la peor reacción de su compañero al conocer su carácter irascible, sin embargo, el joven de cabellos platinados rió levemente. El comentario de Natassia le había causado gracia, pero al no querer mostrarle un lado amistoso a su rival, se giró nuevamente y clavó sus hostiles ojos rojos sobre ella.

—No me interesa que seas solo un año menor que yo. ¡Para mí todos ustedes son unos mocosos que no tuvieron que sufrir para obtener el derecho de portar sus armaduras!

Evan era el único de los Caballeros de Bronce que ganó la protección de una constelación sin tener un mentor que lo instruya. Su antecesor, el Caballero Dorado Ikki de Leo, se había negado a entrenarlo, ya que lo consideraba débil y nada digno de vestir su apreciada cloth de Fénix. Con el tiempo y mucho esfuerzo, Evan había demostrado su fuerza, pero a la vez que crecía su poder, también lo hacía su resentimiento hacia su antecesor y compañeros que sí habían sido entrenados…

—¡Tú no conoces el verdadero sufrimiento de estar solo y esforzarte por salir adelante por ti mismo! —añadió él casi gritando—. A ti te entrenó el legendario Santo Hyôga de Acuario, quien tan dulcemente te enseñó todo lo necesario para ser la guerrera que eres ahora, ¿o me equivoco?

La jovencita de cabello celeste no respondió y guardó silencio por varios segundos, mientras que su compañero la miraba fijamente en busca que una réplica.

—¡Vamos, habla! —insistió grosero—. ¡No te quedes callada!

—Yo… escuché desde lejos lo que ellos decían —respondió inesperadamente Cisne, dejando confundido a su interlocutor.

—¿De qué demonios hablas?

—Kenji, Anna y Senshi se dirigen a la cámara del Patriarca… Atenea convocó a Reunión Dorada.

El semblante del Fénix cambió completamente. El resentimiento de la derrota dejó de importarle tras escuchar esas últimas palabras, así que ignorando el dolor de las heridas, se incorporó de su lecho de un salto y se dispuso a salir de la barraca.

—Debemos detenerlos, Natassia. Si descubren que hay Santos de Bronce en la Reunión Dorada, no me quiero imaginar el castigo que nos impondrán a todos nosotros.

Santuario de Atenea. Entrada a la Cámara del PatriarcaEditar

El primero en llegar al lugar de la reunión fue el Caballero Dorado de Aries. Caminando con un porte solemne y una expresión de tranquilidad, Kiki se disponía a abrir las puertas del recinto de su diosa.

—«Creo que ha llegado la hora de cumplir con mi destino. Seré un digno sucesor de su armadura dorada. Maestro Mû».

La capa del lemuriano ondeaba con el viento, al igual que su largo cabello castaño rojizo. El digno sucesor de Aries mostraba la misma madurez y seriedad que su respetado antecesor.

—¡Kiki! —lo llamó con emoción una voz familiar antes de que abriera el portón.

El rostro del joven se iluminó al voltearse y ver de quien se trataba.

—¡Seiya! ¡Amigo! ¡Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos!

Por un momento el Santo de Sagitario tuvo la impresión de vislumbrar el rostro de aquel niño alegre que conoció siempre.

A pesar de lucir la apariencia majestuosa que otorga el vestir una armadura dorada, y a pesar de que Kiki quería aparentar la seriedad que requiere el título de Caballero Dorado; Seiya fue capaz de reconocer en él a quien siempre sería su pequeño y querido amigo.

Al igual que cuando era un chiquillo de ocho años, el muviano conservaba esa misma personalidad amigable y traviesa que le ayudaba a ganarse la simpatía de todos los que conocía… o más bien dicho, de casi todos.

—¡Cuánto has crecido, Kiki! ¡Y qué bien te luce la armadura de Aries! —enalteció Seiya rodeándolo con su brazo por el hombro, para luego encararlo y regalarle una amplia sonrisa.

El orgullo que sentía el antaño Santo de Bronce era evidente.

—Gracias, Seiya —manifestó Kiki con prudente regocijo. En medio de la emoción que intentaba ocultar, se había sonrojado ligeramente.

—¡Protejamos juntos a Atenea, Compañero Dorado! —le propuso alegre Seiya, extendiéndole amistosamente la mano derecha para estrechar la suya.

Escuchando estas palabras, el Ariano abrió los ojos con sorpresa. No se había percatado de ese hecho todavía, pero esa era la realidad.

A pesar de que Kiki siempre apoyó a Atenea y sus Caballeros, nunca sintió que su asistencia fuera realmente importante. Pero en ese momento era un Santo Dorado y poseía la fuerza necesaria para salvaguardar a su diosa junto con quienes admiró desde siempre y, además, lucharía con ellos hombro con hombro.

Kiki estrechó la mano de su colega, respondiendo con efusividad al gesto. Luego, con un aire de grandeza, abrió de par en par las puertas de la cámara del Patriarca al ver que los demás Caballeros Dorados se acercaban en grupo.

—No hagamos esperar a nuestra diosa, amigo —concluyó solemne el castaño.

Al verlo entrar con tanta seriedad y actitud digna. Sagitario sintió aún más orgullo por su joven compañero.

—Vaya, este chico sí que ha madurado en todos estos años. Qué feliz estaría Mû si lo viera ahora como su sucesor —dijo Seiya para sí mismo con un aire relajado.

Tras posar despreocupadamente ambas manos en su nuca, el guardián del Noveno Templo del Zodiaco entró a los aposentos de Saori.

Continuará…

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